ABC Abierto hasta el (largo) amanecer

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14 Dic 2018
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El oro es un elemento químico cuyo número atómico es 79 y está ubicado en el grupo 11 de la Tabla Periódica de los Elementos. Si nos cambiáramos la bata de químico por la de un operador del mercado de materias primas y nos aproximáramos a la versión de activo financiero que interpreta también (y tan bien) el oro, podemos afirmar que este año se ha instalado en el grupo de cabeza de la «Tabla Periódica de los Activos Financieros», con un número atómico de podio, acumulando una rentabilidad desde el pasado 1 de enero superior al 10%. El oro sí está haciendo honor a su símbolo en esa tabla, «Au», del latín aurum o «brillante amanecer». Un amanecer que se prolonga ya desde finales de 2018, cuando una onza del metal precioso cotizaba en el entorno de los 1.200 dólares estadounidenses (hoy en 1.700). Habiendo llegado a este punto, es lógico que un inversor se cuestione cuándo el alba tornará en ocaso. Y argumentos hay para prever que aún se puede postergar, y mucho, ese momento. Argumentos no tan «pequeños» como el espacio físico que sería necesario para almacenar las casi 160.000 toneladas de oro extraídas a lo largo de la historia, que, por su elevada densidad, podrían contenerse en un cubo cuyos lados medirían 21 metros, el equivalente a 3,5 piscinas olímpicas. Además del refugio que pueda otorgar a corto plazo en medio de la tempestad pandémica, el valor del oro admite poca discusión a más largo plazo por su convivencia con tipos de interés (su principal «rival» por coste de oportunidad) históricamente bajos durante más tiempo fruto de los estímulos monetarios contemporáneos y por la aceleración prevista en la diversificación de sus reservas que están acometiendo los bancos centrales. Pero miremos más allá. Al igual que ocurre con cualquier bien, el precio del oro viene determinado por su demanda y oferta. La complicación radica en la peculiar naturaleza de la demanda de un metal que tiene escasa utilidad (sobre todo, en el ámbito industrial). Al mismo tiempo, existe una innegable asociación entre oro y dinero, debido a la memoria colectiva de un mundo en el que el oro formaba la base de su sistema monetario, y es esta memoria la que ha ayudado a que el oro se haya convertido en el activo refugio por excelencia en momentos de incertidumbre cíclica. Sin embargo, hay algo más entre el oro y el dinero que una «simple» asociación histórica, dado que posee varias características que lo convierten en una reserva de valor ideal. En primer lugar, hay que destacar su incorruptibilidad física. El hierro se oxida, la plata pierde lustre y el papel se pudre (y una serie de electrones –base de las criptomonedas– pierden todo su valor cuando se cambian de posición). Sin embargo, un áureo romano, acuñado hace 2.000 años, estará a día de hoy en las mismas condiciones que entonces. Por tanto, el papel del oro como reserva de valor es incuestionable. Además, es importante señalar la densidad ya citada en términos de valor intrínseco del oro, cuestión que hace que sea posible transportar de manera física e individual grandes cantidades de valor. Históricamente, esto ha sido muy apreciado por la mayoría de sociedades, salvo algunas excepciones como Esparta, que eligió vehículo de comercio monedas pesadas de hierro, que era necesario transportar en carros tirados por bueyes, cuando el mismo intercambio comercial en Atenas se podía hacer con unas pocas monedas de plata. Adicionalmente, es destacable el valor existente en la subdivisión del oro. Tras cortar un diamante por la mitad, el valor de las dos partes resultantes es un cuarto de su valor original. Romper en pedazos un violín Stradivarius hace que el valor de este sea prácticamente nulo y lo mismo ocurre para cualquier obra de arte. En cambio, aunque se divida el oro de cualquier manera, las partes resultantes mantendrán su valor intrínseco. Por último, y probablemente el punto más interesante, la oferta física de oro está limitada por la tecnología minera de cada momento, la misma tecnología que se utiliza para la extracción de metales industriales. Así, la oferta de oro está muy ligada a la oferta de metales industriales y, por tanto, acompasará siempre el crecimiento real de la economía, evitando cualquier distorsión en la dinámica inflacionaria derivada del actual sistema de dinero fiat o fiduciario. Como dijo Paul Gauguin, «pase lo que pase, el sol saldrá mañana…» y el oro seguirá ahí, inmutable y probablemente más cotizado aún. Alfonso García Yubero es director de Estrategia de Santander Private Banking

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