Que pasa, chavales. Puede parecer un poco friki, pero últimamente me he obsesionado con informarme sobre Corea del Norte: su historia, su sistema político y, sobre todo, la forma de vida de la gente que vive allí. Cuanto más veo y leo, más me sorprende, porque sinceramente parece otro planeta. No tiene prácticamente nada que ver con el resto del mundo.
(He usado ChatGPT para redactar el artículo y que sea mas claro a la hora de leer, pero todas las ideas/cosas que se comentan vienen de mis conocimientos)
En Corea del Norte no existe casi nada de lo que nosotros consideramos normal. El país vive bajo una censura extrema y un control absoluto por parte del Estado. No hay marcas internacionales como Coca-Cola y muchos ciudadanos ni siquiera saben qué es algo tan básico para nosotros como un videojuego famoso tipo Super Mario Bros. Todo el contenido cultural, informativo y educativo está filtrado y diseñado por el gobierno.
La sociedad está completamente controlada. Oponerte al líder supremo, Kim Jong-un, o expresar una opinión crítica sobre el régimen —ya sea en público o incluso en privado— puede tener consecuencias gravísimas. Según múltiples testimonios e informes, existe un sistema de castigo colectivo conocido como “castigo por tres generaciones”, en el que no solo el supuesto culpable es castigado, sino también sus padres e hijos, incluso aunque estos aún no hayan nacido en el momento del delito.
El propio Kim Jong-un ha demostrado no tener reparos ni siquiera con su entorno familiar. Mandó ejecutar a su tío, Jang Song-thaek, y ha purgado a numerosas figuras cercanas al poder para eliminar cualquier posible amenaza.
En cuanto a los medios de comunicación, solo existen unos pocos canales de televisión, todos controlados por el Estado. La programación se limita prácticamente a propaganda: noticias que ensalzan al país, al régimen y a la familia Kim, sin ningún tipo de crítica o información externa.
Si eres turista, tampoco eres libre. Las visitas al país están estrictamente controladas y siempre supervisadas por guías oficiales que, en realidad, actúan como vigilantes. Estos guías se espían entre ellos y, además, hay agentes que siguen a los turistas de forma discreta durante todo el viaje, incluso en los lugares que aparentemente son “turísticos”.
Dentro de las casas, los ciudadanos están obligados a tener retratos de Kim Il-sung y Kim Jong-il, el abuelo y el padre de Kim Jong-un. Periódicamente, un inspector revisa que los cuadros estén en perfecto estado y sin polvo. Algo tan simple como que estén sucios puede considerarse una falta de respeto al liderazgo y acarrear castigos severos, desde trabajos forzados durante años hasta penas mucho más graves.
Otro aspecto muy llamativo de Corea del Norte es su sistema informático y tecnológico, que refleja perfectamente el nivel de control del régimen. El país utiliza su propio sistema operativo, conocido como Red Star OS, un sistema basado en Linux pero completamente modificado por el Estado. No es solo un sistema cerrado: está diseñado para vigilar. Cada archivo que se abre, cada documento y cada contenido queda marcado digitalmente para saber quién lo ha usado y en qué momento. Además, no permite instalar software externo ni conectarse libremente a internet.
De hecho, internet como lo conocemos no existe para la población. Solo una pequeña élite del régimen tiene acceso a la red global. El resto de ciudadanos únicamente puede conectarse a una intranet nacional, con páginas aprobadas por el gobierno, todas propagandísticas. Esta fragilidad tecnológica quedó en evidencia cuando un hacker extranjero logró colapsar prácticamente toda la red del país, ya que Corea del Norte dependía de un único canal principal de suministro de internet. Al atacar ese punto, gran parte del sistema digital del país quedó inutilizado durante horas, demostrando lo limitado y centralizado que está todo.
El control también es extremo incluso para los extranjeros. Un caso especialmente conocido es el de Otto Warmbier, un estudiante estadounidense que visitó Corea del Norte como turista en 2016. Durante su estancia fue acusado de haber robado un cartel propagandístico del hotel donde se alojaba, concretamente de la quinta planta, una planta especialmente sensible. Esa planta no es una planta cualquiera: suele estar restringida o vigilada porque está dedicada a propaganda ideológica y a espacios reservados para el régimen. Entrar allí sin permiso ya es una infracción grave; llevarse un cartel fue considerado un acto hostil contra el Estado.
Otto fue condenado a 15 años de trabajos forzados. Tras más de un año detenido, fue devuelto a Estados Unidos en estado de coma y falleció poco después. Su caso se convirtió en un símbolo internacional de la brutalidad del régimen y de lo peligroso que puede ser cometer el más mínimo error allí, incluso como turista.
Y hablando de hoteles, otro dato inquietante es el nivel de vigilancia dentro de las habitaciones. En los hoteles para extranjeros, como el famoso Hotel Yanggakdo, se asume que las habitaciones están pinchadas con micrófonos. Las conversaciones son escuchadas y cualquier comportamiento sospechoso puede ser reportado. No existe la privacidad real: ni siquiera cuando crees estar solo en tu habitación.
Este contraste se vuelve aún más evidente cuando se observa la vida de la familia gobernante. Mientras la población vive sin acceso a tecnología básica, Kim Ju-ae, la hija de Kim Jong-un, disfruta de privilegios impensables para el resto del país. Se sabe que tiene acceso a teléfonos móviles normales, similares a los que se usan en el resto del mundo, con funcionalidades completamente prohibidas para los ciudadanos comunes. Este detalle deja claro que las restricciones no son por imposibilidad técnica, sino por control político.
En Corea del Norte, la tecnología no está pensada para avanzar ni para facilitar la vida de la gente, sino para vigilar, limitar y mantener el poder en manos de unos pocos.
Otro elemento que llama mucho la atención en Corea del Norte es la arquitectura y el uso del espacio urbano como propaganda. Los edificios no están pensados para la comodidad de la gente, sino para transmitir poder, orden y obediencia. En ciudades como Pyongyang predominan construcciones enormes, frías y monumentales, con avenidas exageradamente anchas y bloques de pisos de estilo soviético. Muchos de estos edificios son simples fachadas: por fuera parecen modernos y llamativos, pero por dentro carecen de servicios básicos o incluso están prácticamente vacíos.
Las calles están llenas de murales, estatuas y carteles propagandísticos. Se ven constantemente imágenes de trabajadores felices, soldados heroicos y campesinos sonrientes mirando hacia un futuro glorioso, siempre bajo la mirada de la familia Kim. No es decoración: es adoctrinamiento visual permanente. No puedes caminar unos metros sin que el régimen te recuerde quién manda y a quién debes lealtad.
Este control llega incluso a las emociones. Cuando muere un líder del país, como ocurrió con Kim Jong‑il, la población está obligada a llorar públicamente. No es una exageración: no mostrar dolor, no llorar lo suficiente o, peor aún, sonreír, puede ser interpretado como traición. Hay registros de personas castigadas por no mostrar el “nivel adecuado” de duelo. El Estado no solo controla lo que haces, sino también cómo debes sentirte.
El miedo es la herramienta principal del régimen. Nadie sabe quién puede estar observando o escuchando. Los vecinos se espían entre sí, los compañeros de trabajo pueden denunciarte y hasta dentro de la familia se evita hablar con libertad. Este ambiente de terror constante hace que muchas personas ni siquiera se planteen rebelarse: el riesgo no es solo para ti, sino para todos los que te rodean.
Aun así, hay gente que intenta escapar. La mayoría de los desertores huye cruzando la frontera con China, normalmente de noche y con ayuda de intermediarios. Desde China, algunos consiguen llegar a países del sudeste asiático y, finalmente, a Corea del Sur. El camino es extremadamente peligroso: muchos son capturados por las autoridades chinas y devueltos a Corea del Norte.
Si te pillan intentando escapar, las consecuencias son brutales. Puedes acabar en campos de prisioneros, sufrir torturas, trabajos forzados durante décadas o directamente ser ejecutado. En muchos casos, el castigo también se extiende a tu familia, siguiendo la lógica del castigo colectivo. Intentar huir es considerado uno de los peores crímenes contra el Estado.
Peor aún es el caso de los desertores que regresan voluntariamente a Corea del Norte. Aunque el régimen a veces los utiliza como propaganda —mostrándolos como “arrepentidos”—, la realidad es que suelen ser interrogados, vigilados de por vida y, en muchos casos, enviados a campos de reeducación o prisión. El simple hecho de haber vivido en el exterior ya te convierte en alguien peligroso para el sistema, porque has visto cómo funciona el mundo real.
En el ámbito económico, la situación también refleja el caos y la desigualdad. Aunque oficialmente existe una moneda nacional, en la práctica el dólar estadounidense y el yuan chino se usan de forma habitual, sobre todo en mercados y para sobornos. El cambio de divisas está estrictamente controlado por el Estado, pero el mercado negro es imprescindible para sobrevivir. Esto demuestra que incluso el propio sistema necesita saltarse sus reglas para funcionar.
En resumen, Corea del Norte no se sostiene solo con propaganda o ideología, sino con miedo sistemático: miedo a hablar, a pensar, a sentir y a actuar. Es un país donde la libertad no solo está prohibida, sino que ni siquiera se concibe como una posibilidad.
(He usado ChatGPT para redactar el artículo y que sea mas claro a la hora de leer, pero todas las ideas/cosas que se comentan vienen de mis conocimientos)
En Corea del Norte no existe casi nada de lo que nosotros consideramos normal. El país vive bajo una censura extrema y un control absoluto por parte del Estado. No hay marcas internacionales como Coca-Cola y muchos ciudadanos ni siquiera saben qué es algo tan básico para nosotros como un videojuego famoso tipo Super Mario Bros. Todo el contenido cultural, informativo y educativo está filtrado y diseñado por el gobierno.
La sociedad está completamente controlada. Oponerte al líder supremo, Kim Jong-un, o expresar una opinión crítica sobre el régimen —ya sea en público o incluso en privado— puede tener consecuencias gravísimas. Según múltiples testimonios e informes, existe un sistema de castigo colectivo conocido como “castigo por tres generaciones”, en el que no solo el supuesto culpable es castigado, sino también sus padres e hijos, incluso aunque estos aún no hayan nacido en el momento del delito.
El propio Kim Jong-un ha demostrado no tener reparos ni siquiera con su entorno familiar. Mandó ejecutar a su tío, Jang Song-thaek, y ha purgado a numerosas figuras cercanas al poder para eliminar cualquier posible amenaza.
En cuanto a los medios de comunicación, solo existen unos pocos canales de televisión, todos controlados por el Estado. La programación se limita prácticamente a propaganda: noticias que ensalzan al país, al régimen y a la familia Kim, sin ningún tipo de crítica o información externa.
Si eres turista, tampoco eres libre. Las visitas al país están estrictamente controladas y siempre supervisadas por guías oficiales que, en realidad, actúan como vigilantes. Estos guías se espían entre ellos y, además, hay agentes que siguen a los turistas de forma discreta durante todo el viaje, incluso en los lugares que aparentemente son “turísticos”.
Dentro de las casas, los ciudadanos están obligados a tener retratos de Kim Il-sung y Kim Jong-il, el abuelo y el padre de Kim Jong-un. Periódicamente, un inspector revisa que los cuadros estén en perfecto estado y sin polvo. Algo tan simple como que estén sucios puede considerarse una falta de respeto al liderazgo y acarrear castigos severos, desde trabajos forzados durante años hasta penas mucho más graves.
Otro aspecto muy llamativo de Corea del Norte es su sistema informático y tecnológico, que refleja perfectamente el nivel de control del régimen. El país utiliza su propio sistema operativo, conocido como Red Star OS, un sistema basado en Linux pero completamente modificado por el Estado. No es solo un sistema cerrado: está diseñado para vigilar. Cada archivo que se abre, cada documento y cada contenido queda marcado digitalmente para saber quién lo ha usado y en qué momento. Además, no permite instalar software externo ni conectarse libremente a internet.
De hecho, internet como lo conocemos no existe para la población. Solo una pequeña élite del régimen tiene acceso a la red global. El resto de ciudadanos únicamente puede conectarse a una intranet nacional, con páginas aprobadas por el gobierno, todas propagandísticas. Esta fragilidad tecnológica quedó en evidencia cuando un hacker extranjero logró colapsar prácticamente toda la red del país, ya que Corea del Norte dependía de un único canal principal de suministro de internet. Al atacar ese punto, gran parte del sistema digital del país quedó inutilizado durante horas, demostrando lo limitado y centralizado que está todo.
El control también es extremo incluso para los extranjeros. Un caso especialmente conocido es el de Otto Warmbier, un estudiante estadounidense que visitó Corea del Norte como turista en 2016. Durante su estancia fue acusado de haber robado un cartel propagandístico del hotel donde se alojaba, concretamente de la quinta planta, una planta especialmente sensible. Esa planta no es una planta cualquiera: suele estar restringida o vigilada porque está dedicada a propaganda ideológica y a espacios reservados para el régimen. Entrar allí sin permiso ya es una infracción grave; llevarse un cartel fue considerado un acto hostil contra el Estado.
Otto fue condenado a 15 años de trabajos forzados. Tras más de un año detenido, fue devuelto a Estados Unidos en estado de coma y falleció poco después. Su caso se convirtió en un símbolo internacional de la brutalidad del régimen y de lo peligroso que puede ser cometer el más mínimo error allí, incluso como turista.
Y hablando de hoteles, otro dato inquietante es el nivel de vigilancia dentro de las habitaciones. En los hoteles para extranjeros, como el famoso Hotel Yanggakdo, se asume que las habitaciones están pinchadas con micrófonos. Las conversaciones son escuchadas y cualquier comportamiento sospechoso puede ser reportado. No existe la privacidad real: ni siquiera cuando crees estar solo en tu habitación.
Este contraste se vuelve aún más evidente cuando se observa la vida de la familia gobernante. Mientras la población vive sin acceso a tecnología básica, Kim Ju-ae, la hija de Kim Jong-un, disfruta de privilegios impensables para el resto del país. Se sabe que tiene acceso a teléfonos móviles normales, similares a los que se usan en el resto del mundo, con funcionalidades completamente prohibidas para los ciudadanos comunes. Este detalle deja claro que las restricciones no son por imposibilidad técnica, sino por control político.
En Corea del Norte, la tecnología no está pensada para avanzar ni para facilitar la vida de la gente, sino para vigilar, limitar y mantener el poder en manos de unos pocos.
Otro elemento que llama mucho la atención en Corea del Norte es la arquitectura y el uso del espacio urbano como propaganda. Los edificios no están pensados para la comodidad de la gente, sino para transmitir poder, orden y obediencia. En ciudades como Pyongyang predominan construcciones enormes, frías y monumentales, con avenidas exageradamente anchas y bloques de pisos de estilo soviético. Muchos de estos edificios son simples fachadas: por fuera parecen modernos y llamativos, pero por dentro carecen de servicios básicos o incluso están prácticamente vacíos.
Las calles están llenas de murales, estatuas y carteles propagandísticos. Se ven constantemente imágenes de trabajadores felices, soldados heroicos y campesinos sonrientes mirando hacia un futuro glorioso, siempre bajo la mirada de la familia Kim. No es decoración: es adoctrinamiento visual permanente. No puedes caminar unos metros sin que el régimen te recuerde quién manda y a quién debes lealtad.
Este control llega incluso a las emociones. Cuando muere un líder del país, como ocurrió con Kim Jong‑il, la población está obligada a llorar públicamente. No es una exageración: no mostrar dolor, no llorar lo suficiente o, peor aún, sonreír, puede ser interpretado como traición. Hay registros de personas castigadas por no mostrar el “nivel adecuado” de duelo. El Estado no solo controla lo que haces, sino también cómo debes sentirte.
El miedo es la herramienta principal del régimen. Nadie sabe quién puede estar observando o escuchando. Los vecinos se espían entre sí, los compañeros de trabajo pueden denunciarte y hasta dentro de la familia se evita hablar con libertad. Este ambiente de terror constante hace que muchas personas ni siquiera se planteen rebelarse: el riesgo no es solo para ti, sino para todos los que te rodean.
Aun así, hay gente que intenta escapar. La mayoría de los desertores huye cruzando la frontera con China, normalmente de noche y con ayuda de intermediarios. Desde China, algunos consiguen llegar a países del sudeste asiático y, finalmente, a Corea del Sur. El camino es extremadamente peligroso: muchos son capturados por las autoridades chinas y devueltos a Corea del Norte.
Si te pillan intentando escapar, las consecuencias son brutales. Puedes acabar en campos de prisioneros, sufrir torturas, trabajos forzados durante décadas o directamente ser ejecutado. En muchos casos, el castigo también se extiende a tu familia, siguiendo la lógica del castigo colectivo. Intentar huir es considerado uno de los peores crímenes contra el Estado.
Peor aún es el caso de los desertores que regresan voluntariamente a Corea del Norte. Aunque el régimen a veces los utiliza como propaganda —mostrándolos como “arrepentidos”—, la realidad es que suelen ser interrogados, vigilados de por vida y, en muchos casos, enviados a campos de reeducación o prisión. El simple hecho de haber vivido en el exterior ya te convierte en alguien peligroso para el sistema, porque has visto cómo funciona el mundo real.
En el ámbito económico, la situación también refleja el caos y la desigualdad. Aunque oficialmente existe una moneda nacional, en la práctica el dólar estadounidense y el yuan chino se usan de forma habitual, sobre todo en mercados y para sobornos. El cambio de divisas está estrictamente controlado por el Estado, pero el mercado negro es imprescindible para sobrevivir. Esto demuestra que incluso el propio sistema necesita saltarse sus reglas para funcionar.
En resumen, Corea del Norte no se sostiene solo con propaganda o ideología, sino con miedo sistemático: miedo a hablar, a pensar, a sentir y a actuar. Es un país donde la libertad no solo está prohibida, sino que ni siquiera se concibe como una posibilidad.